[Dos en un garaje] La diferenciación de Apple: Cuestión de filosofía

Apple no es una empresa normal. Salta a la vista desde el primer momento en el que te paras a mirar o probar cualquiera de sus productos. Es algo que notas cuando descubres, que detrás de cada iPhone, iPad o Mac, se oculta una profunda cuestión de filosofía.

¿Dónde reside el encanto de un producto o de un programa? ¿Qué lo hace especial si lo comparamos a otros sistemas o creaciones de su misma categoría? ¿Qué lo convierte en distinto? Analizar por un momento estas preguntas. Quizás, si las atribuimos y las usamos como método de estudio para cualquier aparato tecnológico, sistema o software, podamos obtener una respuesta: «Este teléfono tiene esto que aquél no tiene», «El ordenador de tal compañía es más rápido y potente que ninguno» y cosas así. Respuestas simples, para productos simples. Pero vayamos más allá, e intentemos realizarlas y aplicarlas a cualquier creación de Apple. Difícil, ¿verdad?

Ante este tipo de preguntas enfocadas al trabajo final que sale desde Apple, lo más habitual es encontrarnos ante las más profundas dudas. ¿Por qué un tablet es diferente de otro si realmente pueden compartir componentes, funcionalidades y características (y según Apple, hasta algo más si nos referimos a cuestiones de diseño)? ¿Qué separa y diferencia a unos y a otros? Quizás, la respuesta más amplia (y a la vez reduccionista) sea la siguiente: simple cuestión de filosofía y metodología en el trabajo.

Cada producto y creación en Apple, ya ha sido pensado varias veces desde su concepción hasta su diseño final y posterior presentación al público. Cuando una idea es escogida (tras una sesiones maratonianas donde el mismo Steve Jobs es parte primordial durante el proceso de selección) tratada, trabajada y presentada, ya ha sido perfeccionada, cuidada y llevada a su máximo apogeo de cara al usuario. Se han contemplado todos los análisis, todas las opciones y posibilidades. Ya estemos hablando de un iPad, un iPhone, un iPod o un Mac, cuando algo sale de las oficinas de Cupertino en dirección a la fábrica, posiblemente no estemos hablando de un producto convencional, y si de una pieza de arte única y absolutamente diferente a cualquier otro aparato, ordenador, tablet o teléfono móvil que se encuentre actualmente en el mercado.

«La mayoría de la gente piensa que el diseño es una chapa, es una simple decoración. Para mí, nada es más importante en el futuro que el diseño. El diseño es el alma de todo lo creado por el hombre.» Steve Jobs

Steve Jobs siempre ha dicho que los productos, no se piensan o se idean. Se descubren. Las grandes creaciones son meros descubrimientos que se te cruzan en tu camino, apareciendo en el momento oportuno. Jobs imagina a sus productos y creaciones ya terminadas, completas, listas para usarse. Se deleita y piensa en las características, en las funcionalidades que tendrá. En las posibilidades y el uso que el cliente y el usuario final otorgará a su creación. Es un proceso inverso a como se piensa actualmente en muchas oficinas de diseñadores: ellos piensan en la necesidad, en el problema, y diseñan desde ese punto, modificando su idea conforme avanza el proceso. Steve Jobs, en cambio, piensa en la concepción y en la apariencia final de ese producto. Y trabaja a partir de ahí. Esto no quiere decir que el proceso de innovación dentro de Apple sea caótico o aleatorio, y que todo acabe dependiendo en última instancia de Steve Jobs y sus inspiraciones. Nada más lejos de la realidad. Todo está lo suficientemente jerarquizado alrededor de la libertad creativa que se brinda en las oficinas de Cupertino, pero sí es cierto, que es en los momentos menos esperados (el mismo Steve se refería a que aparecía en los pasillos y en las llamadas nocturnas de madrugada entre empleados enfrascados en un mismo proyecto) cuando esa chispa dentro del ecosistema interno de Apple, salta y da rienda a la vida de una nueva pieza tecnológica.

Puede parecer que todo este proceso es pura retórica, un puro camelo. Una muestra más del marketing incesante y milimétrico que usan en Apple. Pero no es así. Los resultados, una vez más, saltan a la vista si los comparamos con los de la competencia. Y en cierta manera, todo tiene que ver una persona que nunca se lleva los aplausos del respetable más profano (más allá de la pleitesía que muchos aficionados al diseño y el arte le rendimos). Su nombre, es Jonathan Ive. Laureado diseñador (premios al mejor diseñador del año por el prestigioso London Design Museum o el America Design Excellence Award lo avalan) no se considera una pieza esencial más allá de su trabajo y su equipo, pero realmente, lo es. La conjunción existente hasta ahora entre ambas mentes, nos ha dado creaciones tan redondas como el iPhone, el iPad o el iMac, verdaderos punto de inflexión en cuestiones de diseños y artífices de un cambio radical en el concepto de la informática personal. Ive es la muestra de que en Apple, las cosas se hacen de una manera diferente. En la empresa de la manzana, los diseñadores e ingenieros, trabajan codo con codo desde el primer momento de arranque de un proyecto. Nada de trabajo secuencial o envíos de un departamento a otro sin apenas contactos (hola, aquí tenéis nuestro diseño, buscaos la vida para incluir lo que tengáis que incluir dentro para fabricarlos). Ive se esfuerza por mejorar sus diseños y los de su equipo, en plena conjunción con los trabajadores y empleados de otros departamentos de ingeniería. En Apple, todos los equipos trabajan juntos buscando la mejor forma de colaborar y unificar sus trabajos. Esto se refleja en la colocación casi milimétrica de cada componente dentro de cada producto. En la simplicidad aparente de cada producto cuando lo tienes en tu mano.

Coge tu iPad, iPhone o siéntate delante de tu iMac, MacPro o MacBook Air. Enfoca tu vista en cualquier elemento. Una tecla. La pantalla. La cámara. El botón central. La luz de encendido. La conexión USB. El aspecto de un icono o dibujo determinado. Todo tiene su sentido. Todo ha sido diseñado, discutido y pensado hasta la más absoluta perfección. No obstante, Jobs considera obras de arte refinadas cada producto que sale de las manos de sus trabajadores y compañeros de oficina y estudio. Es el resultado de pensar diferenteEn Apple, prestan atención a los más pequeños detalles. Detalles tan pequeños, que piensas, una vez que eres consciente de ellos, que son obvios y lógicos. Pues no, no lo son. Son esos detalles los que marcan la diferencia. Los que hacen un producto mágico y distinto. Los que hacen, que todo el trabajo en Apple, como todo en esta vida, sea una cuestión de filosofía.

Alberto González

 

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