[Dos en un garaje] El terrible viaje del iPhone 4 y otras historias

Los productos se crean para que el usuario los disfrute y use de la mejor manera posible. No creo que haya mucha duda en eso. Pero hay formas, y formas. Y situaciones. Sobre todo situaciones.

Muchas veces no sabes hasta que punto un producto de Apple es digno del usuario que lo porta, hasta que lo sometes a ciertas pruebas de fuego. Muchas de ellas son inconscientes, fruto del más casual destino, pero otras son preparadas a conciencia. Supongo que hay cientos de personas a la hora de diseñar un dispositivo (empezando por Jonathan Ive y su legión de diseñadores) que se encargan de someter en un torbellino de ideas disparatadas, los pros y los contras, de por ejemplo, el tipo de materiales a escoger o del rendimiento de la batería en determinadas situaciones.

Hay usuarios y usuarios, empezando por ahí. Hay personas que cuidan de una manera loable sus Macs, iPods, iPhone o iPad, dotándolos de categoría con esos mismos cuidados y mimos. Los consideran buenos productos, bastante delicados (como cualquier otro elemento informático o tecnológico) y los tratan con el respeto en su día a día como usuarios. No podemos negar, no obstante, que hay cierto elemento fetichista, casi mesiánico, alrededor del típico usuario de Apple, pero ese es otra tema que habría que tratar en un artículo aparte.

Luego hay otros, que si bien han optado por la opción de la manzana en aquél campo del que hayan tenido alguna necesidad como usuarios (informática, telefonía o entretenimiento), son auténticos kamikazes inconscientes. Verdaderos bestias, expertos en el maltrato sistemático de su nueva adquisición. No confieren a dicho dispositivo de un valor más allá del más simple y básico del uso, no les importa nada más. Mientras funcione bien.

Ayer pude comprobar in situ, en una de esas aventuras y anécdotas que tanto me gusta contar, y en las que me recreo siempre que tengo oportunidad, de lo bien que diseñan y preparan las cosas en la casa de Apple. En lo importante que es el trabajo que hay detrás de cada elemento de una obra de los chicos de Cupertino. La situación, la siguiente: quedamos un familiar, al que veo de vez en cuando (trabaja en Madrid), un el mejor amigo de este y yo para ir al cine. Es el plan más normal y tranquilo del mundo, algo bastante light para lo que puede ser una noche de sábado tras el maratón de exámenes universitarios. Una vez llegamos a nuestro destino, sopesamos y vemos que tenemos tiempo para tomarnos un par de cervezas de la forma más relajada del mundo, pues la sesión empieza bastante tarde. No hay problema en disfrutar un poco, y luego dejarnos caer por la sala con el depósito lleno y cargado: así uno está más receptivo si la película luego te defrauda.

Al ser una noche corta (al menos presumiblemente), fui con la batería de mi iPhone 4 bajo verdaderos mínimos. Rondaría el 30%. En el córner. No le di mucha importancia, sobre todo al ser consciente de que en poco tiempo, estaríamos en casa. La noche empezó bien, lloviendo. Tengo la mala costumbre de dejar el iPhone en la mesa en la que nos sentemos (manías que son bastante malas en ciudades grandes con miles de carteristas a la caza de buenas piezas), así que el pobre iPhone, recibió a mi pesar, unos cuantos goterones encima de su pantalla. Cuando los camareros, muy amablemente, nos trasladaron al interior del local, evalué los daños. El móvil estaba intacto, recordemos que el agua hace menos daño que una sopa caliente, pero no me gusta tener la pantalla mojada o con surcos de agua sobre. No puede estar manchada. Y menos si la mesa está llena de restos de cenizas, cacahuetes o palomitas.

Mientras lo secaba tranquilamente con un pequeño resquicio de la manga mi chaqueta, en la mesa de al lado, se daba una situación parecida. Al menos, en base. Había un tremendo grupo de amigas, de estas que salen por ahí solo para colgar fotos al Tuenti (Who is Facebook, shosho?), con varios iPhone encima de la mesa. Todas muy fashion, muy divinas de la muerte. Habían entrado al pub a la misma vez que nosotros, y habían repetido el gesto de desplegar todos los móviles y las cámaras de fotos por encima de la mesa. Al ser unas cuantas más que nosotros, mujeres, y encima escandalosas por el acto social de poner morritos delante de un objetivo, al poco tiempo eran la atención de todo el local. Además iban de cumpleaños. O eso cantaban.

Aquello, fue un applecidio. Horrible. No pienso ponerme ahora en plan proselitista, no soy nadie para decir quién puede llevar encima un iPhone o no, pero no estaría mal proponer una especie de carnet a partir de ahora. Las supremas de la Calle Larios (no es ningún secreto que todo el show pasó en mi querida Málaga) cometieron más de mil tropelías sobre los pobres teléfonos. Caídas accidentales de cervezas sobre los teléfonos, golpes secos contra la mesa, saltos imposibles…Clink. Clank. Pum. Crack. No había manera de no fijarse en la mesa. Uno, que es muy profesional y lleva a la marca por dentro, estaba más pendiente de lo que hacían con los teléfonos, que de si fulanita o menganita tenía más culo o más tetas.

Los teléfonos, todos, pasaron la prueba. Fueron dos horas largas, y cuando abandonaron el bareto (casi a la misma vez que nosotros), volví a creer que las cosas se estaban haciendo bien desde Apple. Buenos productos. Robustos. De buenos materiales. Las chicas desaparecieron, y nosotros comenzamos a pasar de la noche de cine. Tras haber usado puntualmente esa maravillosa aplicación llamada WhatsApp, nos encomendamos a otro par de bares, con sus respectivas consumiciones, y empecé a preocuparme por la vida útil de mi querido teléfono. La barra verde se había convertido en roja, y los numeritos iban bajando inexorablemente para llegar a su final. Conforme aumentaba la ingesta, la preocupación bajaba, pero estaba ahí. Presente. Cada vez que sacaba el iPhone para comprobar la hora o apuntar algo, la batería me miraba. En una de estas, metí el teléfono en el bolsillo de la chaqueta, y me olvidé completamente. La noche terminó, y llegué a casa. Mientras me cambiaba, me acordé del iPhone. “Estará más muerto que vivo”, pensé.

Y nada más lejos de la realidad. Ahí estaba, con un 4% de batería, resistiendo a caer en las manos de Morfeo. Había aguantado el tirón (desde las 9 de la noche hasta las cinco de la mañana y con un uso intensivo), se había mojado y había visto como sus compañeros eran aniquilados sin razón por malas manos. Me sentí orgulloso. Mi iPhone 4 había vivido su particular Vietnam. Y estaba bien. Lo acogí, lo conecté al Mac y le solté un lacónico: “Ya estamos en casa”. Creo que es hora de que me busque una novia. Pero las applecidas aquellas no, por favor.

Alberto González

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