[Dos en un garaje] La piratería se cura con manzanas

Durante las últimas semanas del año, hemos visto como el país entero se dividía en dos: los artistas que defendían sus derechos de autor, y los usuarios de internet que reclamaban otras maneras de gestión cultura. La respuesta a este eterno debate, existe. Y tiene varios nombres.

La llegada de internet revolucionó por completo el mundo de la cultura a varios niveles.  Permitió a los usuarios acceder de una forma relativamente sencilla, a un mundo de contenidos audiovisuales. La información y la cultura se globalizó, se democratizó, consiguiendo que lo que antes era un coto reservado para unos pocos, fuese dominio público. Pero como todo gran avance, tiene sus propios claroscuros. Internet es un gran medio que brinda la oportunidad de un acceso casi ilimitado a cualquier tipo de archivo (ya sea musical o cinematográfico o literario) con una rapidez y una facilidad pasmosa. El usuario que así lo desee, puede buscar aquél archivo o contenido que quiera, y usarlo, disfrutarlo, escucharlo o leerlo. Es una revolución. Una revolución, que como todas, requiere adaptación.

Cuando internet comenzó a expandirse y a convertirse en un medio de uso público para gran parte de la población mundial, muchos artistas se vieron amenazados. Sus obras se subías y alojaban en páginas webs y programas de descarga sin su permiso. Sus películas se colgaban en determinados servidores días y horas antes de sus estrenos. Muchos incluso llegaron a vaticinar un fin catastrófico de la cultura y la creatividad tal y como lo conocemos, y no se tardaron en poner etiquetas y adjetivos a los problemas derivados. “La industria se desmorona”. Para entender la situación que estamos atravesando hoy en día, y por ende gran parte del presente artículo, es conveniente saber que desde estas líneas, no tengo intención de defender la piratería. No, porque no es justa. No la pienso defender, porque realmente, no me gustan las etiquetas absolutas. No pienso defender páginas que ganan enormes cantidades de dinero con la publicidad y los molestos banners de anuncios que las pueblan. No pienso defender a aquellos usuarios que se quejan de leyes que no comprenden, y ni mucho menos, a aquellos que se llenaron la boca con la libertad de internet y la cultura y no se han comprado una película, un disco o un libro en su vida.

Si algo hay que tener en esta vida, es criterio. La gente con criterio siempre llega lejos, de verdad. No hay nada como poder ser coherente con unas ideas, unos criterios o una opinión. Durante la semana pasada y la anterior, hemos visto como se ponía en tela de juicio la utilidad de internet a la hora de mantener, preservar y difundir la cultura en términos generales. Poner en tela de juicio algo así, aparte de absurdo, me parece erróneo. Internet es un medio, un canal, una herramienta. No el culpable del problema. Y esto, Apple lo entendió perfectamente en su momento. Cuando la industria musical se quejaba de una importante crisis económica, con las ventas de discos descendiendo sin parar por culpa de la copia masiva de CDs, Apple revolucionó el mundo de la música con la aparición de iTunes Store. Recapitulemos. Hasta el momento, los discos se vendían en las tiendas físicas a precios desorbitados para las ediciones que se nos presentaban. La mayoría de los usuarios se quejaban del alto precio de los discos, algo que se traducía en menos ventas y en un mayor índice de piratería según las compañías discográficas. Apple llegó con una fórmula basada en la misma música digital que muchos consideraban el mal. Desde iTunes Store se podía comprar el mismo disco que nos encontrábamos en una tienda, a precios inferiores. Y por si fuera poco, podíamos adquirir canciones de manera individual (algo bastante útil si queremos tener una sola canción de un disco o artista, cosa impensable dado la inviabilidad de hacer lo mismo en formato físico). La iTunes Store fue creciendo poco a poco, con el apoyo de artistas, discográficas y sellos musicales. Los usuarios compraban y descargaban canciones, generando enormes cifras en beneficios. Funcionaba. La iTunes Store, es actualmente, una enorme tienda que engloba diversos contenidos audiovisuales, desde canciones a series o películas de estreno. El modelo de negocio de Apple en sus plataformas digitales funciona, y lo ha constatado en varias ocasiones.  Ahora, con la entrada del nuevo media center de la empresa de Apple, el Apple TV, parece que Steve Jobs está más que satisfecho con el rendimiento de la plataforma. Su facilidad y su sencillez de acceso al contenido, han sido siempre su gran baza. Pero no es el único sistema que ha demostrado su éxito.

Netflix, es el segundo de estos nombres propios en la era digital. La compañía de alquiler que comenzó distribuyendo DVDs por correo y mensajería, ahora ofrece el mismo catálogo (incluso mayor) vía web. Los usuarios que pagan su cuota mensual de apenas seis dólares, pueden acceder a una inmensa colección de películas, series y documentales desde el salón de su hogar. Su irrupción en el mercado estadounidense ha revolucionado por completo el sistema de entretenimiento digital, y a los números me remito: Netflix ha generado más beneficios brutos que Apple en el mismo trimestre y en el mismo sector. La tarifa plana de seis dólares es un gran reclamo, ya que ofrece al cliente toda una variedad de contenidos instantáneos a su servicio. ¿Apetece ver una película? Adelante. ¿Un documental? Adelante. Click, click y click. Y todo, todo, mediante internet. Y sin necesidad de descargas (al contrario que lo que nos ofrece Apple). El servicio, de momento (quién sabe en 2011), inédito en España.

El tercero de esta pequeña lista de ases digitales, es el revolucionario Spotify. Spotify es un popular programa que ofrece música por streaming (sin descargas) de manera gratuita a cambio de pequeños anuncios cada un cierto número de canciones. El servicio ofrece varios niveles de subscripción que nos permiten escuchar y disfrutar de la música sin anuncios o con mayor calidad de reproducción. Spotify ha conseguido que millones de usuarios compartan música, listas de reproducción, discos y canciones de manera constante, ayudándose a descubrir nuevos géneros, grupos o artistas. La integración de la plataforma con algunas redes sociales ha ayudado mucho a la popularización de la plataforma entre los usuarios y clientes, consiguiendo que todo el mundo escuche música de una manera legal, sencilla y muy amena.

Así pues, cuando uno ve a los artistas quejándose de internet y de las formas actuales de negocio, se enfada. Y cuando uno también ve a los usuarios que llenan sus programas de descargas de archivos de películas, canciones, discos o programas por el simple hecho de acumular (como si estuviesen poseídos por un síndrome de Diógenes digital), pues también se enfada. Hay alternativas, serias y muy baratas que permiten al usuario tener lo mismo, incluso mejor, de una manera rápida. Algunas gratuitas y otras de pago. Y a un buen y justo precio. Pero en España, tristemente, tenemos un problema de base: hemos perdido el poder valorar las cosas.  Y eso, amigos míos, es un problema de muy difícil solución.

Alberto González

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